Copenhage será el punto de no retorno para el cambio climático

 

 

Bogotá, 20 de octubre de 2009. Estamos a menos de cuarenta días de la Cumbre del Clima de Copenhague y el panorama de las negociaciones no es alentador. Hasta el momento, el resultado de esa reunión es de total incertidumbre.

En el último tiempo hubo dos reuniones de gran importancia donde muchos esperábamos ver una mayor descompresión de la tirantez acumulada durante los casi dos años de negociaciones sobre la segunda fase de implementación que le dará continuidad al Protocolo de Kioto después de 2012. Dicha fase, esperamos, deberá comprometer a los gobiernos del mundo a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de forma tal que el aumento de la temperatura del planeta no supere los 2 grados centígrados. Esta necesidad es la línea de fuego que divide al mundo entre dos escenarios: uno, con fuertes impactos derivados del cambio climático, y otro en el que el cambio climático entraría en un punto de no retorno.

Los resultados de la reunión del G-20 en Pittsburgh (Estados Unidos) y del encuentro preparatorio que se llevó a cabo en Bangkok (Tailandia), no fueron prometedores en relación a lo que podemos esperar en diciembre próximo. A fines de septiembre, en Pittsburgh, las 20 economías más grandes del mundo no pudieron hacer coincidir la retórica del discurso sobre el cambio climático con las acciones que requiere enfrentarlo. No bastó que pocos días antes, en el seno de Naciones Unidas, los jefes de estado reconocieran las señales de alarma que los impactos del cambio climático envían a diario.  El G-20 no decidió nada sobre el financiamiento de las medidas de adaptación, la protección de los bosques, o la adopción masiva de las energías renovables en los países en desarrollo. Si bien es bienvenido el acuerdo para quitar progresivamente los subsidios a los combustibles fósiles en el mediano plazo, este anuncio no estuvo acompañado de fechas precisas que deberían definirse en la próxima reunión de este grupo.

Por otro lado, entre fines de septiembre y principios de octubre, se llevó a cabo en Bangkok la cuarta reunión preparatoria  de la Cumbre de Copenhague. Allí, todos los países miembro de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, así como las Partes del Protocolo de Kioto convergieron con el mandato de avanzar en las negociaciones del futuro acuerdo climático, que debería aplicarse a partir de 2013. Lo más destacado de dicho encuentro fue el compromiso de Noruega de reducir en un 40% sus emisiones en 2020, con respecto a 1990. Sin embargo, esta buena noticia no pudo relajar la atmósfera del encuentro.

La propuesta de Estados Unidos de medir con la misma vara a todos los países a la hora de discutir los elementos comunes de mitigación, generó un malestar comprensible en los representantes de China y los países en desarrollo nucleados en el G-77. Hacer tabula rasa acerca de la responsabilidad de cada país sobre el cambio climático sólo evitaría, nuevamente, que los países industrializados tomaran medidas drásticas para reducir sus emisiones y pretendieran imponer condiciones iguales al resto del mundo.

Para Greenpeace, el esfuerzo de mitigación o reducción de emisiones de CO2 debe ser diferenciado. Para 2020, las principales economías mundiales -como grupo- deben recortar de forma legalmente vinculante sus emisiones en al menos un 40% como respecto a 1990. Los países en desarrollo, por su parte, tendrían que adoptar políticas locales que les permitan disminuir entre un 15 y un 30% la tendencia de crecimiento en sus emisiones para el mismo año. Estas medidas, junto con la detención de la tala de bosques a nivel mundial para 2020, harían que el mundo alcance su pico de emisiones en 2015 para luego disminuir acentuadamente a fin de evitar llegar a la línea de fuego de los 2 grados.

Si el resultado estuviera por debajo de estas expectativas, habremos fracasado en el intento de llevar al mundo por la senda del crecimiento económico desacoplado de los combustibles fósiles y se habrá perdido la oportunidad de pensar un futuro ambiental y socialmente sostenible a largo plazo.

 

Gustavo Ampugnani -Cooordinador Político para Greenpeace en América Latina

 

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